Marcia Corvetto: “Pasé esa meta como uno de los momentos más emocionantes de mi vida”


Race Report Mundial Ironman 70.3 Sudáfrica 2018

Mi historia parte un poco antes a un Race Report normal, ya que un mes antes de la carrera, mi rodilla izquierda se puso como una papa. Viniendo del área de la salud, obvio resonancia inmediata y mi traumatólogo me dijo que me olvidara de la carrera.

Desde hace años, tenía la fantasía de hacer un triatlón al cumplir 40 años. Me gustan los desafíos, así que tuve que aprender a nadar y a andar en bicicleta de ruta. Corrí mi primer 70.3 en Coquimbo el año pasado, luego Pucón 2018 y Lima 2018. He mejorado, pero aún estoy lejos de estar en los primeros lugares. Tengo mucha energía y disciplina, sin embargo, me cuesta compatibilizar los roles de trabajo, mamá y deporte. Soy anestesista y dependo de que terminen las cirugías para poder entrenar, lo que a veces ocurre a las 10 de la noche o a las 5 de la mañana. Aprendí a entrenar cansada después de un turno y llegar a jugar fútbol con mi hijo después del turno y el entrenamiento. Tuve la suerte de ser invitada a esta carrera y tenía la oportunidad de cumplir el sueño de muchos triatletas, correr un mundial de Ironman 70.3. Así que cuál fue la solución, buscar un traumatólogo que “haga deporte” y convencerlo de que la kine me iba a salvar y que podía seguir entrenando sólo la natación y el ciclismo, para correr de “memoria” el día de la carrera.

En esas condiciones partí a Sudáfrica. La noche antes del viaje salí de la pega tarde, tipo 9 de la noche, pero alcanzaba el tiempo para buscar las poleras rojas de la Fechitri a la casa del Folo. Rajé pa’ la casa y empecé a desarmar la bici y obviamente, no pude sacar los pedales. Tipo 11 de la noche (el avión salía a las 7 am, con lo que había que llegar al aeropuerto tipo 4, taxi a las 3:30) llamé a mi entrenador @robertorivera para que me ayudara. Por suerte, entrenador hay uno solo y con cara de tuto tuvo que saltar varias veces arriba de la bici y saco los pedales!

Mi viaje era medio justo de tiempo, ya que no tengo muchas vacaciones y tampoco quería dejar solo mucho tiempo a mi hijo. Tenía 2 días para reconocer circuitos, armar la bici y acomodarme. El viaje fue un poco más largo de lo presupuestado, ya que perdimos el vuelo entre Johannesburgo a Port Elizabeth, momento en el que aproveché de hacer algunos amigos (especial mención a Fifi, Loreto y Yani que hicieron que el viaje a este mundial fuera más especial aún). Llegué con bici por suerte, a diferencia de muchos chilenos que no, pero el electrónico trucho que le había puesto a mi bici, venía roto. No por trucho, sino porque habían abierto y revisado la bici. Faltaba un cable que une la caja del electrónico con uno de los comandos. Salí caminando del hotel (jetlag obvio) y conseguí en un taller de bici un cable para conectarlo. No era perfecto ya que era laaargo, pero funcionó! Me subí a la bici y logré llegar a ese mismo taller donde la revisaron y dejaron todo perfecto para la carrera.

Rápidamente llegó el ansiado día. Esa mañana en el parque cerrado el nivel de profesionalismo era gigante, demasiado más grande que yo, que en verdad, aún me cuesta ponerme en la barras de la bici. El amanecer fue increíble y yo sólo me preocupaba de que no se me fueran a caer las lágrimas de lo emocionante que era todo. Revisé mi bici, dejé mi comida y me fui al corral! Ahí me encontré con algunas chilenas, con las que me abracé con nerviosismo y sin alcanzar a pensarlo largamos! Tengo grabado el momento que corrí desde la línea de largada hasta llegar al agua. Fue increíble… casi mejor que cruzar la meta. El cielo aún amaneciendo estaba lleno de colores, el mar estaba azul y claro, pasó por mi cabeza todo lo que me había costado llegar ahí, en especial los momentos difíciles para entrenar. De verdad que fue un momento mágico, como liberador. Rápidamente al ponerme en posición de nado me concentré y empecé a nadar a la primera boya que era más lejos que la chucha. Al llegar miré hacia abajo y había unos buzos con botella en el fondo, me llamó tanto la atención, que decidí bajar un poco para verlos bien. La curiosidad fue más fuerte que la competitividad que todos llevamos dentro y que en una situación normal nos obliga a no perder tiempo en nada durante una carrera. No fue necesario bajar tanto, cuando ya los vi más claro, estaban afirmando la boya desde unas cuerdas, me pareció raro, pero los saludé con la mano a lo buceador y volví a la carrera. Se me hizo súper agradable la natación, no tragué tanta agua, no pasé frío, nadie pasó por arriba mío, dopamina* pura…

Al subirme a la bici, voy por la primera subida y siento que mi sillín se baja. Venía con este problema hace rato, así que le había puesto harta huincha aisladora y le pedí al voluntario que revisó la bici que lo apretara, pero igual el maldito perno no lo afirmó (parece que tengo que cambiarlo). Claramente la dopamina desapareció y me dominaron las hormonas de estrés**. Las sensaciones ya no eran agradables, sentía incomodidad intentando acomodarme al sillín, probablemente 1 ó 2 cms más bajo de lo que debía. El viento aumentaba y llevaba la primera hora promediando 20 km/hora. Veinte!!! si normalmente ando a 30!!! Me quería morir y sentía que mis piernas se quemaban. Además los jueces penalizaban todo, ya en carrera había escuchado de 2 chilenas penalizadas. En el km 32, de repente siento algo que me chocaba en las piernas. Al mirar hacia abajo veo que unos de mis porta caramagiolas estaba suelto de uno de los pernos, así que mire para atrás, no había jueces, para adelante, tampoco, y tiré lejos la mitad de mi comida y mi hidratación. Sabía que el porta tenía aún un perno firme, así que decidí no parar. En ese momento la competitividad se apoderó de mi y apreté los dientes, me puse en las barras y pedalié lo más fuerte que pude. En el km 46, de repente vuelvo a sentir algo raro en las piernas y veo que sale volando el porta más caro que he tenido alguna vez, obviamente no paré, ya que había perdido mucho tiempo turisteando en el nado y por el viento en la bici. Terminé la bici, no pinché, no me caí, pero faltaba lo más importante. Me tenía que bajar andando “a lo cartero”, era algo que tenía que hacer, lo había ensayado y era una de mis “metas mundialeras”. No contaré los detalles de cómo resultó la maniobra.

Bueno, y había llegado lo más difícil. Correr de “memoria”. Por suerte la memoria existe y la cabeza también. Mi rodilla sentía una clavada intensísima en la cara externa, donde se inserta la maldita banda iliotibial. Digo cabeza, porque de verdad que corrí con la cabeza. El circuito no era difícil, pero había bajadas, que me hacían recordar que la banda existe. Mantuve mi ritmo, comí y tomé lo presupuestado. No quise exigirme porque tenía miedo de que la rodilla se bloqueara y sólo quería sentir la medalla en mi cuello, ya daba lo mismo el tiempo. Y de repente, llegué al ultimo giro y vi el cartel que decía: “To finish”. La dopamina volvió de forma mucho más intensa que al principio y pasé esa meta como uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Lo había logrado!

Quiero agradecer a cada uno de mis compañeros de trabajo que me sacaron antes de la llamada o de alguna forma me ayudaron para poder alcanzar a entrenar (JDLC, AL, GR, DB, AA, PM, LM, JB, HL, AO, VM, MZ, PCH, EK, PV, RF, CN). A todos aquellos que cuidaron a Arturo para poder entrenar (Mamá, Papá, Nico Crovetto, Flu, Nico Muñoz, Isa, Natalia, Dana, Nail, Raquel, Tami). Y a cada uno de los médicos, kines, profes y entrenadores que hicieron posible que trajera la medalla (Macarena, Aranxa, Max, Roberto, Mono, Oscar Contreras, Seba Irarrázabal, Hernán Plaza).

* Mensajero químico de las sensaciones de placer en nuestro cerebro. Alias “hormona de la felicidad”.
** Adrenalina, cortisol, glucagón.

por Marcia Corvetto

Fecha de la carrera: Sábado 01 de septiembre de 2018

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